Robert Silverberg

La estrella de los gitanos

para Karen


Oh estrella de maravilla, estrella de la noche, estrella que brillas con una real belleza, en tu camino hacia el oeste, fiel a tu curso, guíanos hasta tu perfecta luz.

Uno:

EN LA ESTACIÓN DE LAS NIEVES

Ésas son las Tres Leyes:

Lo que es sagrado es lo que es eficaz.

Los que viven de acuerdo con el sentido común son justos a los ojos de Dios.

La Única Palabra es: ¡Sobrevivir!

Ésta es la única Palabra: ¡Sobrevivir!

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Lo que me impulsó a abdicar fue en principio la realización de que había llegado el momento de abandonarlo todo y huir de ello. Una de mis tácticas favoritas, con la que he tenido a menudo mucho éxito, es atacar mediante la retirada. Agresión pasiva, podríamos llamarlo.

Y así, en la estación de las nieves, dejé atrás Galgala, mi trono y mi palacio y todo, y partí hacia el mundo llamado Mulano, que significa Mundo de los Espectros. Lo que buscaba en Mulano no era ni más ni menos que un lugar tranquilo donde vivir —yo, que siempre me había movido en un mundo de ruido y excitación—, y eso fue lo que encontré allí, en medio de todo aquel resplandor nevado. Tenía ciento setenta y dos años de edad, y en lo que a mí se refería era como si nunca en mi vida hubiera sido el Rey de los Gitanos, y que me condenara si alguien iba a convencerme de ser el Rey de los Gitanos de nuevo.

No echaba en falta el trono. No echaba en falta mi palacio. No echaba en falta Galgala. Excepto por el oro, supongo. Sí, echaba en falta el oro de Galgala. Por su brillo. Por su belleza. (Ciertamente, no por su valor. ¿Qué valor?)



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