En Galgala todo es de oro. Los gatos y los perros, o lo que ustedes llamarían gatos y perros en los viejos días de la Tierra, tienen oro líquido corriendo por sus venas. Hay oro en las hojas de los árboles, hay pepitas de oro en las arenas de los desiertos, hay partículas de oro en los adoquines de las calles. Todo eso es cierto. En Galgala las calles están literalmente pavimentadas con oro. Ya pueden imaginar ustedes lo que el descubrimiento de un planeta así podría haberle hecho a la economía galáctica si aún estuviera basada en el patrón oro cuando fue descubierto Galgala. Pero, por supuesto, ese arcaico aunque cómodo sistema había quedado anticuado hacía siglos cuando el primer equipo de exploración se posó allí.

Ahora el oro carece completamente de valor en cualquier rincón de la galaxia, gracias a Galgala. Pese a ello, el metal posee aún su fascinación para todos nosotros, estúpidos mortales, pese al duro golpe que el descubrimiento de Galgala asestó a su valor en el comercio. Y especialmente fascina a esa especie particular de estúpidos mortales que los demás llaman gitanos. Mi gente. La de ustedes también, muy seguramente: porque espero y creo que la mayoría de los que lean este libro serán de mi propia raza. (Me refiero a aquéllos que se llaman a sí mismos los roms. Que se han llamado a sí mismos con este nombre desde que la Tierra fue Tierra.)

Nosotros los roms siempre hemos amado el oro. En los viejos días nuestras mujeres acostumbraban a adornarse con chillonas guirnaldas de monedas de oro, entretejidas en cadenas también de oro que colgaban sobre sus encantadores y bamboleantes pechos como si fueran ristras de ajos. Prácticamente necesitabas una sierra para penetrar esa masa y alcanzar sus pechos danzarines debajo de aquella cantidad de metal amarillo. Y nosotros los hombres…, ¡oh, los trucos que hacíamos con nuestro oro, allá en Hungría y en Rumania y en todos aquellos otros lugares olvidados de la vieja y perdida Tierra! ¡Ese rollo de napoleones de oro envueltos en un pañuelo y metidos en nuestros pantalones para formar un engañoso bulto, y hacer que uno pareciera que estaba dotado con una trompa como la de un elefante! ¡Imaginen la decepcionada sorpresa de las muchachas gitanas cuando caían los pantalones!



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