Acudió a mí mientras yo estaba pescando el pez especia en el borde occidental del glaciar Gombo. Hacía tanto tiempo desde que había visto por última vez un auténtico ser humano vivo, no un espectro, no un doble, que por un momento me sentí realmente desconcertado. Casi deseé echar a correr. Podía sentir las poderosas ondas de vibración de la vida que emanaba de él golpear contra mi alma con el impacto de un millar de gongs.

Pera me mantuve en mi sitio y me recobré. Deseara lo que desease, no iba a obtenerlo de mí, y si empujaba y presionaba yo iba a empujar y presionar también. Los reyes somos así. No necesitas ser un hijo de puta para ser rey, pero normalmente nunca llegas a rey si eres blando.

Me hizo el signo rom y me dirigió el antiguo saludo rom:

—Sarishan, Yakoub.

Luego, hablando aún en romani, me deseó larga vida y muchos hijos y el continuado favor de los dioses y ángeles, y unos cuantos floreos medievales más de la misma índole.

—Hablo imperial, muchacho —le dije cuando pareció que ya había agotado su repertorio. Un poco de irritación gratuita es útil a veces: les mantiene en desequilibrio mientras intentas imaginar qué es lo que van a hacer a continuación. Aunque aquél parecía demasiado inocente para pensar en algo muy elaborado.

Se mordió los labios. Había esperado que yo le respondiera con un patriótico torrente en romani. La Gran Lengua y todo eso. Me miró desconcertado y dijo:

—Vos sois Yakoub, ¿no?

—¿Tú qué crees?



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