Y siempre había un momento, al final del Doble Día, en que los dos soles se hundían detrás del horizonte en un solo instante, de tal modo que el cielo se volvía verde y luego gris y luego negro, entre un aliento y el próximo. Las estrellas aparecían en ese momento. Y era el momento de la Estrella Romani. La veía de pronto, resplandeciendo en el cielo como la antorcha de los dioses, la enorme y brillante esfera de ardiente luz roja que, hacía mucho tiempo, había dado nacimiento a mi pueblo. Y me dejaba caer de rodillas, estuviera donde estuviese en aquel momento, y cogía un puñado de nieve, y me frotaba las mejillas con él para impedir echarme a llorar. (No me importa llorar de alegría, pero me enferma llorar de tristeza y añoranza) Y luego pronunciaba las palabras de la plegaria de la Estrella Romani. Si había algún espectro conmigo —digamos Thivt, o Polarca, o Valerian—, le hacía pronunciar también las palabras. Y cuando habíamos pronunciado las palabras le decía:

—La ves ahí arriba, ¿verdad que la ves, Polarca?

—La veo, sí, Yakoub.

—¿A qué distancia crees que está de aquí?

Y él decía, encogiéndose de hombros: —Seiscientas leguas, y luego dos o tres kilómetros.

Y entonces yo decía:

—El viaje de diez mil años termina con un solo paso. ¿No lo crees así, Polarca?

Y él respondía:

—Así es, Yakoub.

Y permanecíamos allí, al frío resplandor rojo de la distante Estrella Romani, hasta que podíamos sentir la fría nieve que empezaba a fundirse bajo el cálido abrazo de nuestra estrella; y entonces pasábamos dentro y cantábamos las viejas y tristes canciones hasta que había transcurrido la noche. Y así era como vivía yo en Mulano, entre los espectros y las serpientes de nieve, en la estación de las nieves, en aquella época en la que nunca había sido el Rey de los Gitanos y en la que nunca iba a permitir que me hicieran de nuevo Rey de los Gitanos.



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