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Ser Rey, bien, ése era mi destino. Estaba marcado para ello. Fui atrapado por los engranajes del reinado en mi infancia, de la misma forma en que un nadador es atrapado por las olas altas y revolcado una y otra y otra vez sin ser capaz de volver a salir a la superficie. Lo que aprende el nadador es que nunca escapará del torbellino de las olas a menos que se lo tome con calma y se deje arrastrar por ellas y aguarde el momento en que pueda recuperar el control. Lo mismo ocurre con ser rey: si estás marcado para serlo, no tiene ningún sentido luchar en contra ello. Más vale tomártelo con calma y permitir que tu destino te arrastre y te lleve hasta donde se supone que debe llevarte. Así es como funciona el destino.

Sabía que se suponía que yo debía ser rey porque el espectro de una vieja acudió a mí y me lo dijo, cuando yo apenas era un niño gitano. Yo no sabía que ella era un espectro; no sabía de quién era el espectro; no sabía qué estaba intentando decirme. Pero sabía que ella estaba allí. Pensé que era un sueño que de alguna forma se había desprendido de mi mente durmiente y se paseaba por allí, libre y visible, a la luz del día. Esto ocurrió en la ciudad de Vietorion, en el planeta Vietoris, mi mundo natal, uno de los mundos del gran Imperio de las estrellas. Yo tenía —¿quién sabe?— tres años, cuatro quizás. Hace mucho tiempo.

Ella era horriblemente vieja y arrugada, la mujer más vieja que jamás haya podido existir. Supe de inmediato que tenía que haber algo mágico en ella, al ver aquellos signos de extrema vejez en su rostro, porque incluso en aquellos días era fácil someterse a una remodelación y apenas se veía a nadie que pareciera viejo. Aquí estoy yo hoy, con prácticamente dos siglos a mis espaldas, y mi pelo es tan negro como siempre, mis dientes son fuertes, mi piel firme. Uno tiene que mirar directamente a mis ojos, y a través de ellos a mi alma, para descubrir lo largo que ha sido mi viaje y hasta dónde me ha llevado.



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