
Pero ella parecía vieja, aquel espectro de mi infancia. Su rostro estaba arrugado y lleno de profundas grietas, y creo que había huecos entre sus dientes, y su nariz era tan afilada como la hoja de un cuchillo. En medio de su correoso y apergaminado rostro gitano brillaban sus ojos, dos estrellas oscuras iluminadas por intensos y misteriosos hornos internos. Era algo brotado de los cuentos de hadas, la vieja bruja, la arpía mágica, la vieja decidora de la buenaventura gitana. Cojeando arriba y abajo por mi pequeña habitación, apoyando la garra de una de sus manos en mi pequeña muñeca. Murmurándome nombres mágicos:
—Tú eres Chavula —me susurró —. Tú eres Ilika. Tú eres Terkari.
Nombres de reyes. Grandes nombres, nombres que retumbaban y resonaban en los corredores del tiempo.
En ningún momento le tuve miedo. Era la vieja mujer sabia, la madre de las madres, la vidente. Lo que en nuestra lengua romani llamamos la phuri dai. ¿Cómo podía temer yo a la phuri dai? Y, al fin y al cabo, todavía era demasiado joven para temerle a algo.
—Tú eres el elegido —me canturreó —. Serás el grande.
¿Qué podía decir yo? ¿Qué comprendía? Nada. Nada.
—Naciste en pleno mediodía —me dijo —. Ésa es la hora de los reyes. Tú eres Terkari. Tú eres Ilika. Tú eres Chavula. Y ellos son tú. ¡Yakoub Nirano Rom, Yakoub el Rey! Tienes la magia en ti. Tienes el poder.
Me estaba cantando profecías, y yo pensé que era un juego. Estaba derramando sobre mí el destino de mi vida, tejiendo la inescapable red de mi futuro a mi alrededor, y yo me reía divertido y maravillado, sin comprender nada de las cargas que estaba arrojando sobre mis hombros. Había como un resplandor alrededor de ella, una mágica aura de electricidad.
